miércoles, 25 de diciembre de 2013

Aniversario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez


El pasado 23 de diciembre se cumplía el 132 aniversario del nacimiento en Moguer de Juan Ramón Jiménez, efeméride que ha sido aprovechada por el Ayuntamiento de Huelva para reabrir, tras un proceso de remodelación y actualización de contenidos, la casa natal del escritor. Autor de una vastísima obra, en verso y prosa, que va de sus modernistas Ninfeas (1903) y Almas de violeta (1903) hasta los asombrosos Animal de fondo (1949), Espacio (1954) y Dios deseado y deseante (1964), Juan Ramón Jiménez es hoy considerado con justicia uno de los mayores poetas de la lengua española. Su intensa trayectoria, a lo largo de la cual la palabra del escritor andaluz se va “desnudando” progresivamente de todo lo que consideraba innecesario en el poema, nos regaló una de las aventuras espirituales más apasionantes y controvertidas de la cultura española del siglo XX.

Apasionante por la entrega total del poeta a su "trabajo dulce", por la constancia de su voluntad de creación, por la valoración de los aspectos intelectuales, espirituales y sensitivos de lo poético, por la enorme ambición creadora que guió siempre su mano.
Controvertida por los avatares críticos que atravesó desde finales de la década de 1920; poetas y críticos muy representativos de las corrientes literarias sucesivas que se desarrollaron en España después de la Guerra Civil ignoraron o negaron la validez de la obra del moguereño. José María Castellet, por ejemplo, llegó a excluir a Jiménez de la antología Veinte años de poesía española (1939-1959) alegando la pérdida de vigencia histórica de éste.

Hoy en día la obra de Jiménez sirve para demostrar lo que Adorno afirmara en su Estética: “Lo que alguna vez fue verdad en una obra de arte y ha sido negado por el curso de la historia, puede abrirse de nuevo cuando cambien las circunstancias por las que aquella verdad tuvo que ser cancelada: tan profundamente están relacionadas verdad estética e historia.”

No me resisto a escribir aquí de memoria el poema titulado “Nada”, del libro Sonetos espirituales (1917), a mi juicio uno de los sonetos más impresionantes de la tradición poética del español:

A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento;
subido a ella, mi corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada.

Fabricaré en mi sombra la alborada,
la lira guardaré del vano viento,
buscaré en mis entrañas mi sustento...
Mas ¡ay!, ¿y si esta paz no fuera nada?

¡Nada, sí, nada, nada! —O que cayera
mi corazón al agua, y de este modo
fuese el mundo un castillo hueco y frío... —

Que tú eres tú, la humana primavera,
la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!,
... ¡y yo soy sólo el pensamiento mío!

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